EL CRISTIANISMO Y LA ESCLAVITUD

 

la esclavitud Aunque el Cristianismo ha difundido la idea de que la esclavitud había sido lo eterno y que solo al llegar Jesús empezó a moderarse, esto no es cierto. En el mundo antiguo la esclavitud en el sentido romano fue escasa e incluso  Ciro el Grande en el siglo V a. C. promulgó un edicto prohibiendo la esclavitud en todo su imperio.

El mensaje cristiano de resignación, añadido al dogma de que todo poder terrenal viene de Dios, reforzó la razón de ser de la esclavitud. Para San Pablo los esclavos debían servir fielmente a su amo: “todos los que estén bajo el yugo de la esclavitud consideren a  sus dueños como dignos de todo respeto”.

En época tan tardía como en el   599, san Gregorio Magno empleó las rentas que había cosechado en su recorrido  por la  diócesis de la Galia para hacerse con una partida de jóvenes ingleses esclavos.

Durante la Alta Edad Media Roma era el principal mercado de cautivos, que eran exportados inicialmente desde el puerto de Civitavecchia y luego desde los dominios papales en Campania.  La mayoría de los embarcados allí hacia Bizancio y el norte de África eran lombardos, un pueblo cuya vecindad incomodaba mucho a la Santa Sede.

El negocio persistió durante mucho tiempo y la primera muralla vaticana fue levantada por cautivos árabes tras la derrota de una escuadra suya en Ostia (849), pues el Papa ejecutó a los jefes y pasó a ser propietario del resto.

Con el tiempo la sociedad esclavista se reveló sencillamente incapaz de seguir teniendo esclavos, un fenómeno evidente y misterioso a la vez, pues nadie lo atribuye al bajo rendimiento derivado de un trabajador sin ningún  incentivo, al pánico o a la inanición. El  esclavo se transformó en siervo y la sociedad esclavista en sociedad feudal.

A la vez en el Imperio Romano, no sabemos si  por influencia del Cristianismo, pero desde el siglo II, a partir de los Antoninos y de Marco Aurelio y hasta el siglo XII o XIII, las posesiones  no se podían  transmitir y el derecho medieval prácticamente no reconocía la propiedad privada. Las fincas eran  de todos y de nadie: tal feudo pertenecía  al rey, luego al noble local, luego a la familia, etc.

En cuanto al comercio, la Iglesia católica  decía que era malo porque siempre había  alguien que ganaba y alguien que perdía.  No se odiaba al rico militar o al rico clerical, se odiaba al rico que había  sido pobre y que por su esfuerzo había  cambiado  su situación. Los comunistas de PODEMOS  siguen igual: no odian a la Duquesa de Alba, odian a  Amancio Ortega que se ha hecho rico con su trabajo y con la suerte,   que ha estado de su parte.

El capitalismo llegó  con la letra de cambio que probablemente fue  el gran invento de los judíos para defenderse de las persecuciones medievales.

Posteriormente   los padres Suárez, Soto y Molina  de la Escuela de Salamanca     abandonaron   la idea de que los ricos son  malos y los pobres buenos y que el comercio es malo.

Con la Ilustración Voltaire acusó a la Iglesia de no haberla abolido la esclavitud, pero  él invirtió   su dinero  en el tráfico de esclavos. No sería abolida  hasta la Revolución  Francesa en 1793.

En España la Constitución de Cádiz propuso su eliminación  y se hizo efectiva en 1817.

Y, como dice Cohotado, solamente cuando las agujas de las catedrales fueron sustituidas por las chimeneas de las fábricas, subió la renta y el poder adquisitivo y, desde entonces, con el capitalismo vivimos  en el mejor de los mundos posibles, pero vendrán Marx y Lenin con ganas de matar al rico y Hitler con ganas de matar al judío.

Enrique Gómez Gonzalvo  10/05/2020 Referencia 239

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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