LA ENVIDIA Y LA IGUALDAD

 

 

la igualdad La desigualdad ha sido objeto de aversión en todas las épocas históricas pero   lo malo no es la desigualdad sino la pobreza. La derecha liberal trata de buscar  la igualdad ante la ley que es lo que protege a todos los hombres, pero sobre todo al débil que solo tiene al juez  frente a los abusos del poderoso.

La izquierda no busca la igualdad ante la ley sino la igualdad en todo,  por ley. Que la ley nos  haga   iguales. Pero la ley no nos puede hacer iguales porque somos extraordinariamente desiguales y la inteligencia es el más claro ejemplo de desigualdad. La sociedad igualitaria  que pretende es la utopía.

No es suficiente  la igualdad de oportunidades, que  es la igualdad de competir, la libertad de mercado. Ellos quieren la igualdad de resultados, la igualdad económica.

En el fondo se trata de que yo quiero una vivienda o un coche como el de mi vecino. Pero, ¿me lo ha de pagar el vecino?

El discurso igualitario se basa en la falacia de la suma cero. Piensan que la riqueza de una nación es una especie de tarta, que aunque es producida por unos pocos hay que repartirla. Creen que la riqueza de los ricos ha producido nuestra pobreza por lo que  lo justo sería  quitarle sus propiedades.

La riqueza  solo es injusta si es producto de la la violencia, robo o fraude.  En los demás casos, si la riqueza procede del trabajo, del esfuerzo personal, de la iniciativa y de la suerte,  la propiedad es un derecho inviolable.

El motivo de ese discurso igualitario es la envidia. La envidia es básicamente alegrarse por el mal ajeno y entristecerse por su éxito. Es desear  el mal aunque uno  no se beneficie. La sana envidia, que es emulación y  aprecio, no es envidia. La envidia  es el odio a los ricos.  Lo que quieren no es que no haya pobres sino que no hay ricos, aunque nadie se beneficie. Es perjudicar a los de arriba aunque no beneficie a los de abajo.

Nadie dice  que tiene envidia. El envidioso no está orgulloso de serlo  porque se trata de  un sentimiento ruin.  La riqueza de los demás es una  ofensa a nuestra autoestima y por eso la esconden  bajo el disfraz de virtudes como la solidaridad, la justicia o la lucha contra la desigualdad.

Los logros de los demás no son una fuente de inspiración sino un insulto a nuestra autoestima, que hemos de castigar. La desigualdad, dicen, es un atentado contra la dignidad. Por eso odian más a los que se han hecho ricos que a los que lo son por herencia.  Amancio Ortega,  un sufrido trabajador, si fuera aristócrata lo odiarían menos.

La izquierda dice  que la desigualdad en el mundo es cada vez mayor, que los países ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Esto no puede ser cuando los países más poblados, como China e India, son los que más crecen.  La mejoría es por la tecnología,  por la globalización y por la mayor libertad económica  que existe en muchos países. Son los mismos que decían  que los osos polares  iban a desaparecer y en cambio han aumentado hasta tal punto que se ha vuelto a permitir su caza.

Dicen también que  estamos dominados por el pode económico,  por el IBEX 35, que lo presentan como un señor que te vigila y te controla.

La identificación de riqueza con poder político es falsa. Ortega uno de los hombres más ricos del mundo no te puede obligar a que compres en sus tiendas.

No hay más poder que el político y cuando hay un poder económico  que es asimilable al político es porque hay corrupción. Esto ocurría con mayor frecuencia  en los sistemas no democráticos más propias del siglo XVIII, cuando se juntaban aristócratas  con funcionarios del rey y terminaban consiguiendo monopolios y privilegios. El hacerse rico con favores del gobierno, sí perjudica la igualdad.

Enrique Gómez Gonzalvo 30/08/2020 Referencia 388

 

La desigualdad ha sido objeto de aversión en todas las épocas históricas pero   lo malo no es la desigualdad sino la pobreza. La derecha liberal trata de buscar  la igualdad ante la ley que es lo que protege a todos los hombres, pero sobre todo al débil que solo tiene al juez  frente a los abusos del poderoso.

La izquierda no busca la igualdad ante la ley sino la igualdad en todo,  por ley. Que la ley nos  haga   iguales. Pero la ley no nos puede hacer iguales porque somos extraordinariamente desiguales y la inteligencia es el más claro ejemplo de desigualdad. La sociedad igualitaria  que pretende es la utopía.

No es suficiente  la igualdad de oportunidades, que  es la igualdad de competir, la libertad de mercado. Ellos quieren la igualdad de resultados, la igualdad económica.

En el fondo se trata de que yo quiero una vivienda o un coche como el de mi vecino. Pero, ¿me lo ha de pagar el vecino?

El discurso igualitario se basa en la falacia de la suma cero. Piensan que la riqueza de una nación es una especie de tarta, que aunque es producida por unos pocos hay que repartirla. Creen que la riqueza de los ricos ha producido nuestra pobreza por lo que  lo justo sería  quitarle sus propiedades.

La riqueza  solo es injusta si es producto de la la violencia, robo o fraude.  En los demás casos, si la riqueza procede del trabajo, del esfuerzo personal, de la iniciativa y de la suerte,  la propiedad es un derecho inviolable.

El motivo de ese discurso igualitario es la envidia. La envidia es básicamente alegrarse por el mal ajeno y entristecerse por su éxito. Es desear  el mal aunque uno  no se beneficie. La sana envidia, que es emulación y  aprecio, no es envidia. La envidia  es el odio a los ricos.  Lo que quieren no es que no haya pobres sino que no hay ricos, aunque nadie se beneficie. Es perjudicar a los de arriba aunque no beneficie a los de abajo.

Nadie dice  que tiene envidia. El envidioso no está orgulloso de serlo  porque se trata de  un sentimiento ruin.  La riqueza de los demás es una  ofensa a nuestra autoestima y por eso la esconden  bajo el disfraz de virtudes como la solidaridad, la justicia o la lucha contra la desigualdad.

Los logros de los demás no son una fuente de inspiración sino un insulto a nuestra autoestima, que hemos de castigar. La desigualdad, dicen, es un atentado contra la dignidad. Por eso odian más a los que se han hecho ricos que a los que lo son por herencia.  Amancio Ortega,  un sufrido trabajador, si fuera aristócrata lo odiarían menos.

La izquierda dice  que la desigualdad en el mundo es cada vez mayor, que los países ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Esto no puede ser cuando los países más poblados, como China e India, son los que más crecen.  La mejoría es por la tecnología,  por la globalización y por la mayor libertad económica  que existe en muchos países. Son los mismos que decían  que los osos polares  iban a desaparecer y en cambio han aumentado hasta tal punto que se ha vuelto a permitir su caza.

Dicen también que  estamos dominados por el pode económico,  por el IBEX 35, que lo presentan como un señor que te vigila y te controla.

La identificación de riqueza con poder político es falsa. Ortega uno de los hombres más ricos del mundo no te puede obligar a que compres en sus tiendas.

No hay más poder que el político y cuando hay un poder económico  que es asimilable al político es porque hay corrupción. Esto ocurría con mayor frecuencia  en los sistemas no democráticos más propias del siglo XVIII, cuando se juntaban aristócratas  con funcionarios del rey y terminaban consiguiendo monopolios y privilegios. El hacerse rico con favores del gobierno, sí perjudica la igualdad.

Enrique Gómez Gonzalvo 30/08/2020 Referencia 388

 


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