EL DESCENSO DE LA NATALIDAD

                                    

Tomhas Malthus  pronosticó en 1803 que, dado que la producción de alimentos crecía en progresión aritmética mientras que la población del mundo lo hacía en progresión geométrica, se producirían grandes hambrunas en el mundo que diezmarían la población. En la misma línea,  el Club de Roma, ONG fundada en 1968, pronosticó en 1972 el agotamiento del petróleo para 1983.


Lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario. La natalidad continúa disminuyendo   mientras sigue aumentando la producción de alimentos y las reservas del petróleo son cada día mayores. Aunque  la  caída de la natalidad es  una tendencia universal  el problema es más grave  en el mundo occidental.

En muchos aspectos la humanidad en general y occidente en particular, han dado un salto gigantesco en los últimos 200 años. Destaca el progreso material y científico,  la mayor esperanza de vida, la reducción de la pobreza extrema, la igualdad de derechos, las  posibilidades de prosperar de todos los ciudadanos, la libertad   política, las tasas de alfabetización, la reducción de la violencia, etc. En cambio nacen menos niños  que en cualquier otra época.

En Alemania, el país más envejecido de Occidente porque tuvo antes que otros una fecundidad muy baja, desde 1972 ha habido cinco millones de muertes más que de nacimientos. Peor es lo de Rusia, con trece millones de muertes más que nacimientos entre 1991 y 2011.

En España, que es lo que más nos interesa,  la tasa de natalidad es de 1,34 hijos por mujer y, como es sabido,   la tasa de reemplazo es de 2,1.

Los motivos de esta decisión colectiva son varios. Algunos aun siguen creyendo por inercia, como era verdad hasta hace pocos años, que el principal problema del mundo era la superpoblación.

Los ecologistas radicalizados, sostienen  la tesis  que la huella ecológica que produce el ser humano es muy mala para el planeta, por lo que es mejor  no tener hijos  o  uno a lo sumo.

El feminismo extremo considera una conquista la liberación de la mujer de su papel de procreadora y  educadora  de la próxima generación.  La familia  y el matrimonio se presentan  como algo que asfixia, que limita la libertad, como una combinación del cristianismo machismo y  del autoritarismo. Se predican relaciones más  “libres” y descomprometidas. 

Esta baja natalidad se ha intentado paliar en diversos países  rebajando impuestos a los padres, prolongando las bajas laborales por maternidad, multiplicando las guarderías, etc. con escasos resultados. No es un problema económico.  Los padres y abuelos de los europeos actuales, con unas rentas muy inferiores, tenían 3 y 4 hijos por familia.

No hay que darle más vueltas. La baja natalidad es la consecuencia de la decisión voluntaria de nuestra sociedad y  ello  equivale a una especie de suicidio colectivo a cámara lenta.

No se puede tener todo y además ahora mismo, como quieren los adolescentes  y las personas inmaduras. Hay que priorizar. La realidad  es que compatibilizar la maternidad y el trabajo fuera del hogar es complicado, sobre todo si se trata de profesiones de larga formación y de cierto éxito social.

A todo ello se une  la crisis de la familia tradicional y el hecho de que  hay un público joven que no quiere saber nada ni de matrimonios ni de hijos.

Uno de los   problemas que se planteará   será el pago de las pensiones que se agravará con  la generación del baby boom, que se jubilará en 1923,  además del cuidado de los ancianos y su asistencia sanitaria.

El Pacto de Toledo consistió en que las pensiones se tenían que  reformar por consenso, pero nunca se ha hecho. En época de Aznar se creó la hucha de las pensiones, pero se vació  con Zapatero, Rajoy y no digamos con Sánchez.

Más importante será el empobrecimiento en el plano familiar afectivo  al no tener apenas hijos, nietos, hermanos, primos, tíos, sobrinos, etc. Esto es especialmente grave en los ancianos, con el aislamiento, la soledad y la desesperanza que ello acarreará.

Enrique Gómez Gonzalvo  12/11/2020 Referencia 424

 


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